miércoles, 5 de marzo de 2008

TRISTE RECORD PARA UN PAIS COMO ARGENTINA



En el día de ayer se conoció un informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), organismo dependiente de Naciones Unidas con sede en Viena, que dio a conocer su informe anual 2007 y señala que Argentina es el país con mayor nivel de consumo de cocaína en la población escolar secundaria de toda América del Sur.
Esta información, que debería estar en la tapa de todos los diarios de hoy, es minimizada no sólo por los medios de información, sino por los funcionarios de turno, muchos de los cuales lucran con el flagelo del narcotráfico

En los últimos años hemos visto impactantes campañas dirigidas a la población general para prevenir el consumo de cocaína -quién no recuerda la imagen del gusano colándose por la nariz- pero ésta sigue aumentado y ahora ostentamos el récord mundial en consumo. ¿Que está pasando? Por descontado que hay que actuar ante los graves problemas que las drogas provocan, pero ¿estas campañas generales de prevención, como la del gusano, dirigidas a la población en general, y especialmente a los jóvenes, son efectivas para reducir el consumo?

Está fuera de duda su encomiable propósito, su excelente calidad, su fuerza imaginativa, pero ¿y sus resultados? ¿Cómo se mide su éxito? ¿Son efectivas porque la gente las recuerda años después? ¿Porque a un 63% de la población le parece que son un éxito? ¿Porque la sociedad tiene la sensación de que se está haciendo algo contra la droga? Estas formas indirectas de medir el éxito de una campaña son imprecisas y engañosas: miden el éxito de impacto pero no su capacidad real de prevenir el consumo.

Desde los primeros anuncios sobre los peligros de la cocaína el consumo se multiplicó por diez en los menores de 18 años: del 0,2 se ha pasado al 2% de jóvenes que admiten haberla consumido en el último mes, y al 7% que la ha consumido en el último año. Las campañas, pues, no parecen haber resultado efectivas. En mi opinión cometen algunos errores. En primer lugar suele haber un error de enfoque, la lucha no debe ser "contra la droga", debe ser contra las causas de su consumo, contra los factores de riesgo y para fomentar los factores de protección. Durante seis meses, los expertos Victoria Rangugni, Diana Rossi y Alejandro Corda, investigadores de Intercambios, Asociación civil para el estudio y atención de los problemas relacionados con las drogas, produjeron y procesaron la información surgida de cuarenta entrevistas en profundidad realizadas a consumidores, dealers y profesionales en contacto con la problemática del consumo de PBC. “La hipótesis más fuerte es que no hay pasta base sin transformación en la industria de la cocaína. No es que los usuarios encontraron una sustancia nueva; no es que un despiadado hizo aparecer la pasta base para matar jóvenes pobres. Cambia la macroeconomía de la cocaína, se produce más en Argentina y por lo tanto circula más el desecho de la producción. El clorhidrato se envía a los que pueden pagarla en Palermo o Barrio Norte y en grandes cantidades para la exportación. El desecho se vende acá. Se re-territorializa la narcoeconomía y se re-territorializa el consumo”, explica a Página/12 Victoria Rangugni, master en Sociología Jurídica, investigadora del Instituto Gino Germani y coordinadora del estudio de Intercambios

Uno de los jefes de la Policía Federal dedicado al narcotráfico lo confirma sin dudas: “Estamos así con el paco porque el país está plagado de laboratorios. El paco es el desecho que queda en la cocina de la pasta base, que cada vez llega más de Bolivia y de Perú para ser procesada acá. No vamos a detener esto, va a ser cada vez peor”. En la Secretaría de Lucha contra la Droga (Sedronar) tampoco lo niegan. “Donde hay laboratorios, hay residuos que no se tiran y se venden. Proliferan porque tanto Argentina como Brasil controlan muy bien que no se le vendan precursores químicos a Bolivia. Pero como el proceso se hace mejor en estos países, desde Bolivia prefieren mandar la pasta base para que se produzca la cocaína acá, donde es imposible controlar la venta minorista de productos químicos a la sociedad”, le dijo a este diario en estricto off the record un funcionario de primera línea de la Secretaría de Estado

Más allá de las diversas hipótesis que abre el estudio –un crecimiento extendido del consumo de PBC sin distinción de clase– todo apunta a su masividad. Esa masividad no es la misma que la del consumo de marihuana o cocaína, en crecimiento según las últimas estadísticas. Se trata en este caso de una masividad presente también en la forma de comercialización. Es, según se desprende de la información procesada por los expertos, una variante cuentapropista, como el pequeño kiosco informal de los barrios. En general, en las villas donde está omnipresente, se vende en locales caseros que son además verdulerías o almacenes. “Nos relatan que en algunas de las villas en que el paco se ha vuelto común no es raro ver que abundan los carteles de ‘se vende’ –revela Rangugni–. Eso no quiere decir que de pronto hay un auge del negocio inmobiliario. Quiere decir que allí se vende paco

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