El diario Canalla

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Escritos y difundidos por otros canallas

martes, 11 de marzo de 2008

“Ansiedad” , por Enrique Pinti (un poco de humor no viene mal)


La ansiedad es una de las enemigas más potentes de la salud mental. Por ansiedad se come, se bebe o se fuma más de la cuenta, con resultados catastróficos para nuestro organismo.

Por ansiedad se estropean relaciones amorosas, sociedades, negocios y emprendimientos. Querer superar inconvenientes quemando etapas que, aunque dificultosas, forman parte del proceso necesario para llegar a una meta deseada es uno de los autosabotajes más usuales en la conducta humana. En mayor o menor grado todos hemos sido y somos víctimas de nuestra impaciencia. Aun en situaciones placenteras desarrollamos una especie de contraofensiva con pensamientos irrefrenables que aparecen súbitamente, como fantasmas agoreros susurrando en nuestros oídos cosas del calibre de “todo esto es demasiado bueno para que dure"; “todo lo bueno acaba; aprovechemos estos cinco minutos porque la desgracia acecha oculta tras las mieles del éxito".
Me ha pasado hasta en mis vacaciones privilegiadas, que comenzaban en Madrid para culminar en Los Angeles con paradas intermedias en París, Londres y Nueva York. La ansiedad me llevaba a no ver la hora de llegar a Madrid y, ya en Madrid, desesperarme por pasear por París, y paseando por la Ciudad Luz regocijarme de antemano por lo que iba a ser Londres o Nueva York, y en Manhattan invernal desear estar gozando el dorado sol californiano de Los Angeles, y al llegar a Los Angeles entristecerme porque se acababan las vacaciones. O sea, “sin vivir", como dicen en España, algo que arruinaba el placer de saborear cada cosa sin complicarse pensando en un futuro siempre mejor que pasaba a ser presente y, en menos de un suspiro, a recibirse de “pasado feliz", para sumergirnos en la nostalgia melancólica.

Al ver estos resultados intenté con bastante éxito revertir la situación mediante un trabajo de pacificación interna y revalorización del disfrute, que implica hacer lo que tantos desean y no pueden. Me relajé, fui feliz en cada lugar, agradecido con la vida que me permitía darme esos gustos, y traté de no mezclar caóticamente cosas que necesitaban tener su propio lugar y ser primordiales en su preciso momento.

Claro, nada era porque sí. La ansiedad personal estaba fomentada por un mundo cada vez más vertiginoso en el que todo es viejo a los dos días, obsoleto a la semana y totalmente olvidado al mes. Pero teníamos que llegar a este siglo para que la ansiedad enferma fuera llevada a su máxima expresión en –¿cuándo no?– la televisión.

Ya no se puede mirar –en ningún país que yo conozca, al menos– un programa determinado sin que de improviso la pantalla se divida en dos, tres o seis partes y como explosivos brochazos surjan anuncios de próximos programas. Uno puede estar mirando en la CNN a un locutor hablando de Irak mientras al pie de la pantalla pasa una información sobre la actividad bursátil en Hong Kong y en el extremo superior derecho se abre una ventanita que anuncia quién ganó el Golden Globe o el score de un partido de fútbol.

Si alguien está pendiente de los dimes y diretes de Gran Hermano o un programa de chimentos, podrá ver aparecer simultáneamente el anuncio de Harry Potter o de Piratas del Caribe, y si nos ha atrapado el clima de Mujeres asesinas podremos ver aparecer al mismo tiempo el anuncio de Patito feo.

De resultas de lo cual nadie termina por concentrarse en nada, todo pasa como si no fuera importante, como si el único valor fuera que “al término –o después–, quédese con nosotros para ver algo que será el puente hacia otra cosa". Ya no alcanzan las largas tandas publicitarias; ahora el auspiciante necesita invadir desde Bailando por un sueño hasta la mejor película de Scorsese o Almodóvar con detergentes con cara humana, siluetas insinuantes y ofertas de liquidación. Esta modalidad no excluye canales de cable más o menos “culturales".

Hace poco estaba viendo una vieja película de Bette Davis y, de pronto, mis ojos miopes y mi mente extraviada creyeron ver un sombrero rarísimo en la cabeza de la eminente diva, para comprobar en una segunda mirada que se trataba de un inoportuno globito de propaganda del próximo programa. ¡Estamos en el horno!

Enrique Pinti

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