LA MALINCHE

domingo, 4 de enero de 2009

Comienza lo peor para Gaza (la lógica de la incursión terrestre israelí)

Cuando estuvimos en Gaza durante el año 2006, fuimos testigos de numerosas incursiones terrestres de las fuerzas armadas israelíes.

Los escenarios variaban, pero la lógica articulada era siempre la misma: en su intento por liberar al soldado Gilad Shalit, una semana entraban los tanques Merkava MK IV y las excavadoras blindadas por el sur, a través de Rafah. A la siguiente ingresaban por Erez y se plantaban en el campo de refugiados de Beit Hanún, en la parte norte de la franja. Días más tardes se colaban por el centro, a través del paso de Karny (ese que no permite el ingreso de alimentos y medicinas, pero sí de tropas), y sitiaban Al Magazy.

A diferencia de ahora, el mundo no prestaba atención, ya que al mismo tiempo tenía lugar la guerra contra Hezbolá. Sin embargo, aquella operación, llamada Lluvia de Verano, no estuvo alejada en número de muertos: 450, la mitad de los cuales eran civiles entre los que se contaban 61 niños (aunque el 30 de octubre de 2006 Ehud Olmert iría al Knesset para decir que habían matado a “300 terroristas” en Gaza, lo que generó las protestas de grupos de derechos humanos israelíes como Betselem).

Más inocentes muertos

¿Por qué la incursión terrestre que acaba de comenzar será peor? Por la propia dinámica de las fuerzas de infantería. El piloto que bombardea desde su F16, a miles de metros de altura, no siente amenazado de manera alguna ya que Hamás carece de armamento antiaéreo. Se toma su tiempo para acertar en el objetivo.

Claro que los perversamente llamados “daños colaterales” están garantizados, pues soltar bombas de varias toneladas sobre uno de los lugares más densamente poblados del planeta implica matar a inocentes (como Gideon Levy enfatiza en una misiva publicada ayer a los pilotos israelíes, quizás en honor al extraordinario aviador Yonatan Shapira que por razones morales se negó a bombardear a civiles palestinos en 2003).

Pero cuando los soldados se desprenden de la parte trasera de los Merkava y de los vehículos de transportes de tropas, y avanzan por las calles de los campos de refugiados, se sienten amenazados, expuestos, y sus respuestas son mucho más indiscriminadas ("Los primeros días de combate, los miembros de una nueva unidad mostrarán aprensión y miedo continuo", afirma Gwen Dyer en su famoso libro "Guerra").

“They are kids”

Recuerdo un día que tuve que salir de Gaza para renovar en Jerusalén la acreditación de periodista. Al volver, la parte norte de la franja estaba en pleno combate. Tras rogarle a un comandante hebreo durante horas que me dejara entrar, finalmente accedió: “Les voy a pedir que dejen de disparar unos minutos mientras pasa tu coche, pero no te puedo garantizar nada. Si les disparan, ellos disparan. Son chavales”.

They are kids, expresión sumamente honesta, en inglés americano, de vocales mascadas cual chicle, que aún reverbera en mí: "son chavales". Chavales asustados, chavales cargados de armamentos, chavales que piensan en volver a casa en una pieza para ver a sus familias, para encontrarse con sus novias y amigos, para embarcarse en esos viajes maratónicos por Asia y América Latina que con sus mochilas al hombro suelen hacer al terminar los tres años de servicio militar. Chavales a los que se garantiza cobertura para los móviles, apuntando las atenas hacia Gaza, así pueden llamar a sus hogares.

Jóvenes que saben que Hamás, que se cree Hezbolá pero que no lo es, les ha preparado emboscadas con lanzagranadas RPG (no es Hezbolá por el desorden, por los delatores, porque se trata de una organización sunní en lugar de chií). Una amenaza que, en términos militares poco daño podría hacerles, en especial con los vetustos AK 47, pero que igualmente está allí, latente.

Pero también jóvenes cuyo gobierno no ha mostrado empatía ni discriminación contra sus enemigos. Los ha llamado terroristas, animales enfermos de un odio sin explicación. Los ha condenado a todos por igual al hambre, a la enfermedad, ya sean mujeres, ancianos o niños. Por eso, aunque les tiemblen las manos, al mismo tiempo sacan pecho, se muestran arrogantes, desafiantes, quieren hacer justicia, quieren pasar a la historia, como los hérores de Yom Kippur.

Escudos humanos

Las operaciones solían durar entre dos y tres días. Primero avanzaban los tanques Merkava. Luego las excavadoras que como laboriosos insectos arrasaban los cultivos, los olivos, las granjas de animales, las fábricas, las escuelas. Dejaban a sus espaldas nada más que tierra yerma para evitar la permanencia de sitios desde los que se pudieran parapetar los milicianos de Hamás, la Yihad Islámica o los Comités Populares de la Resistencia.

Una vez situados en posición, los soldados hebreos bajaban y entraban en las casas. Elegían las más altas, de dos o tres plantas. Colocaban siluetas de cartón en las ventanas. Hacían agujeros en las paredes y se apostaban sobre bolsas de arena.

En violación del artículo 27 de la Cuarta Convención de Ginebra, encerraban a las familias en alguna habitación: sin agua, sin alimentos. Las usaban como escudos humanos – según los testimonios que recopilamos para el libro Llueve sobre Gaza y las denuncias de Betselem -, aunque en 2002, la Corte Suprema israelí prohibiera esta práctica.

Desde lo alto de las casas disparaban a las aceras, a las viviendas colindantes. Al volver hacia Israel, dejaban la vivienda en ruinas, y sobre el suelo las latas vacías de comida, los pañales llenos de excrementos. Solían llevarse todo lo que tuviera algún valor, desde joyas hasta dinero en efectivo

viaje a la guerra

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