Nada que festejar,los día 25 de mayo los dirigentes que ostentan el poder van a las misas o tedeum como quieran lamarlo,cantan el himno,bailan el pericón,etc,etc,..Y se emocionan y todo eso..Lo cierto es que nuestra Argentina padece el síndrome de Estocolmo,al otro día todo vuelve a la normalidad y pide a sus captores que les corte unbrazo,o una mano cada día menos...
Rescatamos de una Revista Publicación en Página/3, revista aniversario, junio de 1990.
Podrán leerlo en el link completo que agregamos +info: http://elortiba.org/old/soriano.html
Pero nosotros como todos saben publicaciones de pluma de ésta índole suelen ser alteradas y/o eleminadas,a raíz de ello es que siempre aunque cansemos al lector por lo extenso,lo agregamos completamente para que no se pierda..Y sirva a las generaciones presentes y por venir que ayuden a su memoria,y traten de ser más audaces que loss que fuimos y, somos hoy los argentinos..
A la Patria no sólo se la Ama sino que se la defiende y protege..
Desde el 18, Belgrano y Castelli, que son primos y a veces aman a las
mismas mujeres, exigen la salida del virrey, pero no hay caso: Cisneros
se inclina, cuanto más, a presidir una junta en la que haya
representantes del rey Fernando Vll, preso de Napoleón, y algunos
americanos que acepten perpetuar el orden colonial. Los orilleros andan
armados y Domingo French, teniente coronel del estrepitoso regimiento de
la Estrella, está por sublevarse.
Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: «Señores, ahora digo que
no sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora», les dice a
los jacobinos reunidos en casa de Rodríguez Peña. De allí en más los
acontecimientos se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en
la que no hubo paraguas ni amables ciudadanos que repartieran
escarapelas.
El orden de los hechos es confuso y contradictorio según a qué
memorialista se consulte. Todos, por supuesto, salvo el pudoroso
Belgrano, intentan jugar el mejor papel. Lo cierto es que el 24 todo
Buenos Aires asedia el Cabildo donde están los regidores y el obispo.
«Un inmenso pueblo», recuerda Saavedra en sus memorias, y deben haber
sido más de cuatro mil almas si se tiene en cuenta que más tarde, para
el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo Saavedra calcula que sus
amigos han reunido esa cifra en la Plaza y sólo la califica de «crecido
pueblo».
La gente anda con el cuchillo al cinto, cargando trabucos, mientras
Domingo French y Antonio Beruti aumentan la presión con campanas y
trompetas que llaman a los vecinos de las orillas. Esa noche nadie
duerme y cuando los dos hombres llegan al Cabildo, empapados, los
regidores y el obispo los reciben con aires de desdén. Enseguida hay un
altercado entre Castelli y el cura. «A mí no me han llamado a este lugar
para sostener disputas sino para que oiga y manifieste libremente mi
opinión y lo he hecho en los términos que se ha oído», dice monseñor,
que se opone a la formación de una junta americana mientras quede un
solo español en Buenos Aires. A Castelli se le sube la sangre a la
cabeza y se insolenta: «Tómelo como quiera», se dice que le contesta.
Cuatro días antes ha ido con el coronel Martín Rodríguez a entrevistarse
con Cisneros que era sordo como una tapia. » ¡No sea atrevido! » le
dice Cisneros al verlo gritar, y Castelli responde orondo: «¡Y usted no
se caliente que la cosa ya no tiene remedio!»
Al ver que Castelli llega con las armas de Saavedra, los burócratas
del Cabildo comprenden que deben destituir a Cisneros, pero dudan de su
propio poder. Juan José Paso y el licenciado Manuel Belgrano esperan
afuera, recorriendo pasillos, escuchando las campanadas y los gritos de
la gente. Saavedra sale y les pide paciencia. El coronel es alto, flaco,
parco y medido. El rubio Belgrano, como su primo, es amable pero se
exalta con facilidad. Paso es hombre de callar pero luego tendrá un
gesto de valentía. Entrada la noche, cuando French y Beruti han agitado
toda la aldea y repartido algunos sablazos a los disconformes, Belgrano y
Saavedra abren las puertas de la sala capitular para que entren los
gritos de la multitud. No hay más nada que decir: Cisneros se va o lo
cuelgan. ¿Pero quién se lo dice? De nuevo Castelli y el coronel cruzan
la Plaza y van a la fortaleza a persuadir al virrey. Hay un último
intento del español por formar una junta que lo incluya, pero Castelli,
que tiene 43 años y está enfermo de cáncer, se opone. Los «duros» juegan
a todo o nada. Cisneros trata de ganarse al vanidoso Saavedra, pero el
coronel ya acaricia la gloria de una fecha inolvidable. Quizá piensa en
George Washington mientras Castelli se imagina en la comuna francesa. Su
Robespierre es un joven llamado Mariano Moreno, que espera el desenlace
en lo de Nicolás Peña.
Entre tanto French, que teme una provocación, impide el paso a la
gente sospechosa de simpatías realistas. Sus oficiales controlan los
accesos a la Plaza y a veces quieren mandar más que los de Saavedra. Por
el momento la discordia es sólo antipatía y los caballos se topan
exaltados o provocadores. Al amanecer, Beruti, por orden de French,
derriba la puerta de una tienda de la recova y se lleva el paño para
hacer cintas que distingan a los leales de los otros. Alguien toma nota y
nace la leyenda de la escarapela en el pecho.
Al amanecer, para guardar las formas, el Cabildo considera la
renuncia de Cisneros, pero la nueva Junta de gobierno ya está formada.
Escribe el catalán Domingo Matheu: «Saavedra y Azcuénaga son la reserva
reflexiva de las ideas y las instituciones que se habían formado para
marchar con pulso en las transformaciones de la autognosia (sic)
popular; Belgrano, Castelli y Paso eran monarquistas, pero querían otro
gobierno que el español; Larrea no dejaba de ser comerciante y difería
en que no se desprendía en todo evento de su origen (español);
demócratas: Alberti, Matheu y Moreno. Los de labor incesante y práctica
eran Castelli y Matheu, aquél impulsando y marchando a todas partes y el
último preparando y acopiando a toda costa vituallas y elementos
bélicos para las empresas por tierra y agua. Alberti era el consejo
sereno y abnegado y Moreno el verbo irritante de la escuela, sin
contemplación a cosas viejas ni consideración a máscaras de hierro; de
aquí arranca la antipatía originaria en la marcha de la Junta entre
Saavedra y él.» Matheu exagera su importancia. Todos esos hombres han
sido carlotistas y, salvo Saavedra, son amigos o defensores de los
ingleses que en el momento aparecen a sus ojos como aliados contra
España.
El delirio y la compasión
La mañana del 25, cuando muchos se han ido a dormir y otros llegan a
ver «de qué se trata», el abogado Juan José Castelli sale al balcón del
Cabildo y, con el énfasis de un Saint Just, anuncia la hora de la
libertad. La historiografía oficial no le hará un buen lugar en el
rincón de los recuerdos. El discurso de Castelli es el de alguien que
arroja los dados de la Historia.
Aquellas jornadas debían ser un simple golpe de mano, pero la fuerza
de esos hombres provoca una voltereta que sacudirá a todo el continente.
Dice Saavedra: «Nosotros solos, sin precedente combinación con los
pueblos del interior mandados por jefes españoles que tenían influjo
decidido en ellos, (…) nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de
emprender tan abultada obra (…) En el mismo Buenos Aires no faltaron
(quienes) miraron con tedio nuestra empresa: unos la creían
inverificable por el poder de los españoles; otros la graduaban de
locura y delirio, de cabezas desorganizadas; otros en fin, y eran los
más piadosos, nos miraban con compasión no dudando que en breves días
seríamos víctimas del poder y furor español».
La audacia desata un mecanismo inmanejable. Saavedra es un patriota,
no un revolucionario, pero no puede oponerse a la dinámica que se desata
en esos días El secretario Moreno, un asceta de la revolución, dirige
sus actos y sus órdenes a forzar esa dinámica para destrozar el antiguo
sistema. Habla latín, inglés y francés con facilidad; ha leído y hace
publicar a Rousseau, conoce bien la Revolución Francesa y es posible que
desde el comienzo se haya mimetizado con el fantasma de un Robespierre
que no acabará en la tragedia de Termidor. El ateo Castelli está a su
izquierda, como French y el joven Monteagudo que maneja el club de los
«chisperos». Todos ellos celebran en los templos del Norte el culto de
La mort est un sommeil éternel, que Fouché y la ultraizquierda francesa
usaron como bandera desde 1792. Belgrano, que es muy creyente, no vacila
en proponer un borrador con apuntes sobre economía para el Plan
terrorista que en agosto redactará Moreno.
En la primera junta gana la gauche (la acepción de «izquierda» se
pronuncia, todavía, en francés): Moreno, Castelli y Belgrano son un
bloque sólido con una política propia a la que por conveniencia se
pliegan Matheu, Paso y el cura Alberti; Azcuénaga y Larrea sólo cuentan
las ventajas que puedan sacar y simpatizan con el presidente Saavedra
que a su vez los desprecia por oportunistas. Las discordias empiezan muy
pronto, con las primeras resoluciones. Castelli parte a Córdoba y el
Alto Perú como comisario político de Moreno, que no confiaba en los
militares formados en la Reconquista. Es él quien cumple las
«instrucciones» y ejecuta a Liniers primero y al temible mariscal
Vicente Nieto más tarde.
Belgrano, el otro brazo armado de los jacobinos, va a tomar el
Paraguay; no hay en él la cólera terrible de su primo, sino una piedad
cristiana y otoñal que lo engrandece: en el Norte captura a un ejército
entero y lo deja partir bajo juramento de no volver a tomar las armas.
Manda a sus gauchos desharrapados con un rigor insostenible y no mata
por escarmiento sino por extrema necesidad. Sufre sífilis, cirrosis y
tiene várices, pero conserva la fe cristiana y el sentido del humor. Las
victorias de Castelli en Suipacha y la suya en Tucumán afirman la
posición de Moreno en la Junta, pero las catástrofes de fines de año
aceleran su caída.
Frente a frente, uno de levita y otro de uniforme, Moreno de
Chuquisaca y Saavedra de Potosí, se odian pero no se desprecian «Impío,
malvado, maquiavélico», llama el coronel al secretario de la Junta; y
cuando se refiere a uno de sus amigos, dice: «El alma de Monteagudo, tan
negra como la madre que lo parió». El primer incidente ocurre cuando
los jacobinos descubren que diez jefes municipales están complotados
contra el nuevo poder. En una sesión de urgencia Moreno propone
«arcabucearlos» sin más trámite, pero Saavedra le responde que no cuente
para ello con sus armas. «Usaremos entonces las de French», replica un
Moreno siempre enfermo, con el rostro picado de viruela, que acaba de
cumplir 30 años. Al presidente lo escandaliza que ese mestizo use
siempre la amenaza del coronel French, a quien hace espiar por sus
«canarios», una especie de soplones manejados por el coronel Martín
Rodríguez. Los conjurados salvan la vida con una multa de dos mil pesos
fuertes, propuesta por el presidente. «¿Consiste la felicidad en adoptar
la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres
impunemente hagan lo que su capricho e interés les sugieren? ¿Consiste
en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo,
acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de
terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión y en
decir con toda franqueza me cago en Dios y hago lo que quiero?», se
pregunta Saavedra en carta a Viamonte que lo amenaza desde el Alto Perú.
Desde fines de agosto, Moreno ha hecho aprobar por unanimidad el Plan
secreto de operaciones que recomienda el terror como método para
destruir al enemigo emboscado. Ese texto feroz, por momentos
descabellado, no se conoció hasta que a fines del siglo XIX. Eduardo
Madero, el constructor del puerto, lo encontró en los archivos de
Sevilla y se lo envió a Mitre. Para entonces, los premios y castigos de
la historia oficial ya estaban otorgados y Moreno pasaba por un
periodista y educador romántico influido por las mejores ideas de la
Revolución Francesa. Pero es la aplicación de ese método sangriento lo
que garantiza el triunfo de la Revolución. Hasta la llegada de San
Martín la formación de los ejércitos se hizo a punta de bayoneta, la
conspiración de Alzaga, como la contrarrevolución de Liniers, terminaron
en suplicio y los españoles descubrieron, entonces, que los patriotas
estaban dispuestos a todo: «Nuestros asuntos van bien porque hay firmeza
y si por desgracia hubiéramos aflojado estaríamos bajo tierra. Todo el
Cabildo nos hacía más guerra que los tiranos mandones del virreinato»,
escribe Castelli antes de ser llevado a juicio.
El coronel manda parar
A principios de diciembre dos circunstancias banales sirven de
pretexto a la ruptura entre Moreno y Saavedra que será nefasta para la
Revolución. En la plaza de toros de Retiro el presidente hace colocar
sillas adornadas con cojinillos para él y su esposa. Cuando las ve,
Matheu hace un escándalo y argumenta que ningún vocal merece distinción
especial. Pocos días más tarde, el 6, el regimiento de Patricios da una
fiesta a la que asisten Saavedra y su mujer. En un momento un oficial
levanta una corona de azúcar y la obsequia a la esposa que la entrega al
Presidente, Moreno se entera y esa misma noche escribe un decreto de
supresión de honores. Saavedra se humilla y lo firma, pero el rencor lo
carcome para siempre. Poco después, el 18 de diciembre, mientras los
Patricios se agitan y reclaman revancha por la afrenta civil, el coronel
llama a los nueve diputados de las provincias para ampliar la Junta.
Moreno, que intuye su fin, no puede oponerse a esa propuesta
«democratizadora». El único que tiene el valor de votar en contra es el
tímido tesorero Juan José Paso.
Moreno renuncia y el 24 de enero de 1811 se embarca para Londres. «Me
voy, pero la cola que dejo será larga», les dice a sus amigos que
claman venganza. También pronuncia un mal augurio: «No sé qué cosa
funesta se me anuncia en mi viaje». En alta mar se enferma y nada podrá
convencer a Castelli y Monteagudo de que no lo asesinaron. «Su último
accidente fue precipitado por la administración de un emético que el
capitán de la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro
conocimiento», cuenta su hermano Manuel, que agrega en la relación de
los hechos el célebre «¡Viva mi patria aunque yo perezca!»
Saavedra ha liquidado a su adversario, pero la Revolución está en
peligro. El español Francisco Javier Elío amenaza desde la Banda
Oriental y no todos los miembros de la Junta son confiables. El 5 y 6 de
abril el coronel Martín Rodríguez,con los alcaldes de los barrios,
junta a los gauchos en Plaza Miserere y los lleva hasta el Cabildo para
manifestar contra los morenistas. Saavedra, que jura no haber impulsado
el golpe, aprovecha para sacarse de encima al mismo tiempo a jacobinos y
comerciantes corruptos. Renuncian Larrea, Azcuénaga, Rodríguez Peña y
Vieytes. Los peligrosos French, Beruti y Posadas son confinados en
Patagones. Belgrano y Castelli pasan a juicio por desobediencia y van
presos.
Pero Saavedra sólo dura cuatro meses al frente del gobierno. Ha
acercado a Rivadavia al poder, pero el brillante abogado y los porteños
se ensañan con éI y lo persiguen durante cuatro años por campos y
aldeas; se ensañan también con Castelli, que muere deslenguado durante
el juicio; con el propio San Martín que combate en Chile; con Belgrano
que muere en la pobreza y el olvido gritando el plausible «¡ Ay patria
mía! » Pese a todo, la idea de independencia queda en pie levantada por
San Martín, que se ha llevado como asistente a Monteagudo, «el del alma
más negra que la madre que lo parió». Los ramalazos de la discordia
duran intactos medio siglo y se prolongan hasta hoy en los entresijos de
una historia no resuelta.
Quizás dado el destino de éstos patriotas tenemos que soportar como La Unión Europea se pasea a sus anchas por nuestro territorio,llenan las barrigas europeas con almuerzos opíparos, reparte status de ciudad a Malvinas... con una cancillería con el hocico entre el tujes de las embajadas..
Areas
adjudicadas. Se entiende porqué no hay cruce por aguas argentinas en la
boca oriental del estrecho de Magallanes?, se entiende porqué no hay
puerto en Río Grande?, Se entiende porqué le quitaron la Isla de los
Estados y Año Nuevo a la Provincia de Tierra del Fuego?, se entiende
porqué no se puede pescar al Norte y Este de la Isla de los Estados?, se
entiende porqué las AMP Namuncu´ra I y II?. Si aún no lo
entiende...piense.
Entregar el Paraná es como entregar Malvinas | Página12
El
Ministro para las Américas del Reino Unido Alan Duncan escribió en sus
memorias que, al momento de concretarse el llamado Pacto de
Foradori-Duncan, el vicecanciller argentino «Carlos Foradori estaba tan
borracho que al día siguiente no podía recordar los detalles del
documento» (Télam, 26/04/2022)